Hasta las primeras tres décadas del siglo XX se contaban por miles. Y su función podía variar entre llevar desde una estación de trenes a un recién arribado a la Ciudad, con sus sueños y esperanzas intactas, hasta transportar a algún dandy porteño, tanta a la llegada como a la salida de una milonga en Palermo. Es que desde 1850, las "victorias", tiradas por un solo caballo y a cargo de un cochero, estaban incorporadas al paisaje de Buenos Aires tanto como esa música popular que conocemos como tango. Se los veía siempre en los alrededores de las plazas más importantes, como Constitución, Miserere, Congreso o Plaza de mayo. Por eso algunos dominaban "placeros". Pero en 1923 la influencia de una obra de teatro les cambió el nombre para siempre. La obra se estrenó en mayo de ese año en el Teatro Nacional. La había escrito Armando Discépolo ( el hermano de Enrique Santos) y contaba algo de la dura vida de don Miguel, un inmigrante italiano que veía cómo la merma en su trabajo complicaba su existencia. Entonces el hombre volcaba sus penurias hablándole a Mateo, el viejo matungo de su carruaje. Fue tanto el impacto popular que tuvo que desde entonces a los carros se los llama mateos. La mayoría de esos mateos llegaron desde Francia, aunque a mediados del siglo XIX eran muy importantes en las principales capitales de Europa como Londres, Berlín o Viena, Y aquello se vería reflejado también en Buenos Aires. Tanto que ya en 1866 aparecía una ordenanza para reglamentar su actividad. Entre otras cuestiones, se establecía que, para circular de noche, debían llevar faroles encendidos cuando no hubiera luna llena. Aquellas luces funcionaban con carbono. Equipados con mullidos asientos forrados en cuero, negras capotas que protegían del rocio y con elásticos de buen hierro debajo de la carrocería, para amortiguar el traqueteo sobre el adoquinado porteño, los mateos empezaron a entrar en la historia cuando el servicio de tranvías llenó la Ciudad y los autos de alquiler con reloj taxímetro (como se lo denominaba a los taxis) coparon la parada del transporte urbano, previo auge de los colectivos. La prohibición de la tracción a sangre en la Ciudad sancionada en 1960 también influyó. Sin embargo, hoy todavía hay algunos que se lucen en las dos paradas que mantienen como bastiones de aquel tiempo: frente a la entrada principal del zoológico y frente al Monumento de los Españoles. Desde allí frecuentados en forma mayoritaria por los turistas, siguen al trotecito lento por la zona del Rosedal en un paseo con mucha nostalgia para los mayores y mucho asombro para los mas chicos, acostumbrados a las velocidades del siglo XXI. Eso sí en todos mateos están incluidos los dibujos de los históricos filetes porteños, un arte popular que en su origen tuvo alguna influencia europea pero que es tan argentino como el dulce de leche. Para estos carruajes quedo lejos la época en que las familias patricias con cochero incluido, los tenían como un símbolo de su buen pasar. La expansión de la Ciudad también los fué dejando fuera de juego, como les pasó a aquellos ómnibus con techo de lona que se usaban para llevar gente a los loteos de tierras, en barrios alejados del Centro o para disfrutar alguna excursión. Muchos salían desde la zona de Plaza Italia, por el diseño de su carrocería el ingenio popular los había bautizado con un nombre más dosmetico que callejero: les decían bañaderas. Pero esa es otra historia.
martes, 2 de octubre de 2012
ISLA DE MARCHI SU HISTORIA
No existía. Sólo era una parte más del Riachuelo, pero la enorme acumulación de arena la convirtió en un nuevo terreno del poblado, en el siglo XVIII. En un principio, los habitantes de Buenos Aires la llamaron Punta. Más tarde recibiría el nombre de “Isla de Ercy”, por un indio de ese nombre que la habitaba.
El general Juan Lavalle tuvo una quinta en ese terreno. Luego fue adquirido por el farmacéutico Antonio Demarchi, socio propietario de la “Droguería de la Estrella” (antecesora de la Farmacia “La Estrella”), frente a la iglesia de Santo Domingo. Sobre Demarchi, arribado al Plata en 1833, es importante destacar que se casó con Mercedes Quiroga -hija del caudillo-, que fue fundador de la Sociedad Filantrópica Suiza de nuestro país y que convenció al escultor milanés Antonio Tantardini para que esculpiera la Dolorosa en la tumba de su suegro en la Recoleta. Demarchi aportó el mármol de Carrara.
En la década de 1840, Manuelita Rosas llevaba comitivas de extranjeros a conocer la isla de Antonio Demarchi, que en ese tiempo era llamada Isla de los Sauces. Se realizaban asados y bailes para los invitados. Luego quedó desocupada, se la conoció como isla del Tío Cruz, porque ese paisano cortaba los pajonales y vendía las cañas en la actual Avellaneda a los que necesitaban mejorar los techos de sus ranchos.
Durante la epidemia de fiebre amarilla, en 1871, muchas víctimas fueron enterradas en allí. También funcionó en ese terreno un lazareto. Más adelante fue anexada a la zona del puerto que construiría Eduardo Madero, pero las obras no alcanzaron a abarcar ese espacio. Sí llegó el deporte: Boca Juniors tuvo su cancha en la isla y allí jugaron con River el primer superclásico de la historia, el 2 de agosto de 1908. Fue amistoso y ganó Boca 2 a 1.
Desde comienzos del siglo XX se instaló una prisión para los anarquistas y los inmigrantes sin documentación que debían ser deportados. También se incorporó un astillero dependiente del Ministerio de Obras Públicas donde se entrenaba a los aprendices (Perón visitó los astilleros el 12 de julio de 1949). En 1936 se hizo una parodia de la llegada de Pedro de Mendoza, como parte de los actos conmemorativos por los 400 años de la denominada “Primera fundación”. El barco de las celebraciones partió de la isla Demarchi y sus hombres desembarcaron en la Vuelta de Rocha.
En 1938, Benito Quinquela Martín donó al Comedor de Trabajadores Portuarios de la isla un óleo sobre madera de 18 metros de largo, bautizado “Día de trabajo”. Estuvo perdido durante muchos años. Cuando se recuperó, fue restaurado y hoy se encuentra en el hall de la Terminal de Cruceros. Ahora es tiempo de restaurar la isla.
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El general Juan Lavalle tuvo una quinta en ese terreno. Luego fue adquirido por el farmacéutico Antonio Demarchi, socio propietario de la “Droguería de la Estrella” (antecesora de la Farmacia “La Estrella”), frente a la iglesia de Santo Domingo. Sobre Demarchi, arribado al Plata en 1833, es importante destacar que se casó con Mercedes Quiroga -hija del caudillo-, que fue fundador de la Sociedad Filantrópica Suiza de nuestro país y que convenció al escultor milanés Antonio Tantardini para que esculpiera la Dolorosa en la tumba de su suegro en la Recoleta. Demarchi aportó el mármol de Carrara.
En la década de 1840, Manuelita Rosas llevaba comitivas de extranjeros a conocer la isla de Antonio Demarchi, que en ese tiempo era llamada Isla de los Sauces. Se realizaban asados y bailes para los invitados. Luego quedó desocupada, se la conoció como isla del Tío Cruz, porque ese paisano cortaba los pajonales y vendía las cañas en la actual Avellaneda a los que necesitaban mejorar los techos de sus ranchos.
Durante la epidemia de fiebre amarilla, en 1871, muchas víctimas fueron enterradas en allí. También funcionó en ese terreno un lazareto. Más adelante fue anexada a la zona del puerto que construiría Eduardo Madero, pero las obras no alcanzaron a abarcar ese espacio. Sí llegó el deporte: Boca Juniors tuvo su cancha en la isla y allí jugaron con River el primer superclásico de la historia, el 2 de agosto de 1908. Fue amistoso y ganó Boca 2 a 1.
Desde comienzos del siglo XX se instaló una prisión para los anarquistas y los inmigrantes sin documentación que debían ser deportados. También se incorporó un astillero dependiente del Ministerio de Obras Públicas donde se entrenaba a los aprendices (Perón visitó los astilleros el 12 de julio de 1949). En 1936 se hizo una parodia de la llegada de Pedro de Mendoza, como parte de los actos conmemorativos por los 400 años de la denominada “Primera fundación”. El barco de las celebraciones partió de la isla Demarchi y sus hombres desembarcaron en la Vuelta de Rocha.
En 1938, Benito Quinquela Martín donó al Comedor de Trabajadores Portuarios de la isla un óleo sobre madera de 18 metros de largo, bautizado “Día de trabajo”. Estuvo perdido durante muchos años. Cuando se recuperó, fue restaurado y hoy se encuentra en el hall de la Terminal de Cruceros. Ahora es tiempo de restaurar la isla.
lunes, 6 de agosto de 2012
BREVE HISTORIA DEL MATRIMONIO EN ARGENTINA
En tiempos de Colón, si un español quería casarse en América, debía valerse de las normas dictadas por la Iglesia (en el Concilio de Trento) y el Estado (las Partidas de Alfonso el Sabio). El problema era que esas normas no consideraban la unión con las nativas americanas. Por eso, Fernando el Católico autorizó en 1514 el matrimonio entre españoles e indios (manteniendo el límite de edad establecido por las Partidas: 14 años para los varones y 12 para las mujeres).
No todos podían formar una familia en tierras americanas. Por ejemplos, estaban prohibidas las uniones entre indios y negros. Esta norma no apagó las pasiones y en Buenos Aires tuvimos, en 1790, un caso “Camila O’Gorman” entre la mulata Manuela Rosalinda (26 años) y el indio José Valentín Salazar (25). Huyeron hasta que fueron capturados en Pilar. No los ejecutaron, pero ambos recibieron penas y él fue alejado de la ciudad.
Tampoco podían casarse los funcionarios representantes ejecutivos de la corona española, ni los jueces. En este último caso se consideraba que, al contraer matrimonio con una dama de la sociedad en donde impartía justicia, se corría el peligro de recibir presiones. Aquí también tuvimos una historia de amor truncada. La protagonizó el primer virrey del Río de la Plata y gobernante ejemplar, don Pedro de Cevallos, quien se enamoró de la porteña María Luisa Pinto. En este caso, el desenlace tuvo los condimentos novelescos, ya que Cevallos renunció a su cargo, partió a España a solicitar el permiso real para casarse y murió envenenado antes de llegar a la corte. En Buenos Aires, María Luisa daba a luz a Pedrito Cevallos, quien terminó peleando en las filas de Güemes.
El 23 de marzo de 1776 -meses antes de que Cevallos se enamorara- se estableció la obligación del permiso paterno para que pudiera llevarse a cabo la boda. Hasta ese momento, los padres solían interceder en las uniones que no aprobaban acudiendo a la justicia, donde intentaban probar que existía algún impedimento. Esta norma facilitó el trámite a los suegros disconformes.
Mariquita Sánchez escribió que en su juventud eran comunes los casos en que el padre arreglaba el casamiento de su hija, quien se enteraba apenas cuatro o cinco día antes de que se concretara. Ella misma protagonizó uno de los grandes escándalos sociales cuando durante la fiesta de esponsales (o de compromiso) dada en su casona, con apenas 14 años se negó a aceptar el candidato que su padre había elegido para yerno. Aclaremos que ella estaba enamorada del joven Martín Thompson y su padre pretendía casarla con un señor de 36 años mayor que ella. La justicia virreinal tomó parte y, luego de tres años de expedientes se dictaminó que podría concretar su casamiento.
Es necesario aclarar que la fiesta de esponsales solía tener más brillo social que el festejo del casamiento. Se consideraba que luego de una fiesta de compromiso estaba todo dicho y muchos padres ya no actuaban como perros guardianes de la hija que ya había pasado por el trámite de los esponsales (de paso, aclaramos que las palabra esposos proviene de los esponsales). A partir de la fiesta de compromiso, el plazo para que el novio concretara la boda era de dos años. Si no cumplía, podía ser obligado a pagar una dote o también a casarse por la fuerza. Incluso podía ser encarcelado por inclumplidor.
El próximo gran cambio definitivo fue la Ley de Matrimonio Civil de 1888. Generó fuertes polémicas y hubo matrimonios que apuraron su casamiento (por ejemplo, los padres de Florencio Molina Campos) para hacerlo solo por iglesia un día antes de que entrara en vigencia, como una forma de protesta ante el nuevo sistema. Luego llegaría la también controvertida Ley de Divorcio Vincular, de 1987. Aquel fue el último mojón antes de la sanción de la Ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo.
En tiempos de Colón, si un español quería casarse en América, debía valerse de las normas dictadas por la Iglesia (en el Concilio de Trento) y el Estado (las Partidas de Alfonso el Sabio). El problema era que esas normas no consideraban la unión con las nativas americanas. Por eso, Fernando el Católico autorizó en 1514 el matrimonio entre españoles e indios (manteniendo el límite de edad establecido por las Partidas: 14 años para los varones y 12 para las mujeres).
No todos podían formar una familia en tierras americanas. Por ejemplos, estaban prohibidas las uniones entre indios y negros. Esta norma no apagó las pasiones y en Buenos Aires tuvimos, en 1790, un caso “Camila O’Gorman” entre la mulata Manuela Rosalinda (26 años) y el indio José Valentín Salazar (25). Huyeron hasta que fueron capturados en Pilar. No los ejecutaron, pero ambos recibieron penas y él fue alejado de la ciudad.
Tampoco podían casarse los funcionarios representantes ejecutivos de la corona española, ni los jueces. En este último caso se consideraba que, al contraer matrimonio con una dama de la sociedad en donde impartía justicia, se corría el peligro de recibir presiones. Aquí también tuvimos una historia de amor truncada. La protagonizó el primer virrey del Río de la Plata y gobernante ejemplar, don Pedro de Cevallos, quien se enamoró de la porteña María Luisa Pinto. En este caso, el desenlace tuvo los condimentos novelescos, ya que Cevallos renunció a su cargo, partió a España a solicitar el permiso real para casarse y murió envenenado antes de llegar a la corte. En Buenos Aires, María Luisa daba a luz a Pedrito Cevallos, quien terminó peleando en las filas de Güemes.
El 23 de marzo de 1776 -meses antes de que Cevallos se enamorara- se estableció la obligación del permiso paterno para que pudiera llevarse a cabo la boda. Hasta ese momento, los padres solían interceder en las uniones que no aprobaban acudiendo a la justicia, donde intentaban probar que existía algún impedimento. Esta norma facilitó el trámite a los suegros disconformes.
Mariquita Sánchez escribió que en su juventud eran comunes los casos en que el padre arreglaba el casamiento de su hija, quien se enteraba apenas cuatro o cinco día antes de que se concretara. Ella misma protagonizó uno de los grandes escándalos sociales cuando durante la fiesta de esponsales (o de compromiso) dada en su casona, con apenas 14 años se negó a aceptar el candidato que su padre había elegido para yerno. Aclaremos que ella estaba enamorada del joven Martín Thompson y su padre pretendía casarla con un señor de 36 años mayor que ella. La justicia virreinal tomó parte y, luego de tres años de expedientes se dictaminó que podría concretar su casamiento.
Es necesario aclarar que la fiesta de esponsales solía tener más brillo social que el festejo del casamiento. Se consideraba que luego de una fiesta de compromiso estaba todo dicho y muchos padres ya no actuaban como perros guardianes de la hija que ya había pasado por el trámite de los esponsales (de paso, aclaramos que las palabra esposos proviene de los esponsales). A partir de la fiesta de compromiso, el plazo para que el novio concretara la boda era de dos años. Si no cumplía, podía ser obligado a pagar una dote o también a casarse por la fuerza. Incluso podía ser encarcelado por inclumplidor.
El próximo gran cambio definitivo fue la Ley de Matrimonio Civil de 1888. Generó fuertes polémicas y hubo matrimonios que apuraron su casamiento (por ejemplo, los padres de Florencio Molina Campos) para hacerlo solo por iglesia un día antes de que entrara en vigencia, como una forma de protesta ante el nuevo sistema. Luego llegaría la también controvertida Ley de Divorcio Vincular, de 1987. Aquel fue el último mojón antes de la sanción de la Ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo.
miércoles, 18 de julio de 2012
LA PRIMERA DAMA DEL CENTENARIO
Se llamaba Rosa Isidora González, era mendocina, tenía una hermana melliza y conoció a su futuro marido en Buenos Aires. Cuando tenía 28 años, contrajo matrimonio con Roque Sáenz Peña, quien era siete años mayor. La ceremonia se llevó a cabo el 4 de febrero de 1887 en la iglesia Nuestra Señora del Pilar, de la Recoleta.
Sáenz Peña asumió la presidencia el 12 de octubre de 1910. De la historia de Rosa González, la Primera Dama del Centenario, deseamos rescatar algunas curiosidades:
- Fue nuera de otra Primera Dama (Cipriana Lahitte de Sáenz Peña), ya que el padre de Roque, Luis Sánez Peña, había ejercido la Presidencia de la Nación entre 1892 y 1895.
- Fue suegra de un Premio Nobel. Su hija, Rosita, casó en 1910 con Carlos Saavedra Lamas (quien obtendría el galardón en 1936).
- Rosa González y Roque Sáenz Peña fueron los primeros y únicos en utilizar la Casa de Gobierno como residencia presidencial permanente. Allí brindaron magníficas fiestas y comidas cuyo esplendor ha sido registrado por las secciones de Sociedad, tanto de La Nación como de los demás periódicos de su tiempo. En la foto, vemos a doña Rosa en el jardín de invierno de la Casa Rosada. Antes de mudarse a la sede de Gobierno, la familia vivía en una confortable propiedad situada en Santa Fe y Coronel Díaz (Palermo).
- A pesar de las quejas de la custodia, la Primera Dama Rosa González tenía la extraña costumbre de rechazar los carruajes oficiales y viajar en tranvía.
- Enviudó durante la presidencia de su marido: Sáenz Peña murió el 9 de agosto de 1914.
- Años más tarde habitó uno de los 144 departamentos del Palacio de los Patos (Ugarteche y Cabello, en Palermo). Se le llamó así porque era el lugar adonde iban aquellos que habían perdido su fortuna y, por lo tanto, habían quedado “patos” (la forma de decir “secos, sin dinero”, en lunfardo). Este no fue su último domicilio.
- Rosa González murió en enero de 1948, en la avenida Santa Fe 1592 (apenas a una cuadra de distancia donde moriría Raúl Alfonsín). Para ese tiempo, al voto universal, secreto y obligatorio instaurado por su marido se le había incorporado el sufragio femenino.
Sáenz Peña asumió la presidencia el 12 de octubre de 1910. De la historia de Rosa González, la Primera Dama del Centenario, deseamos rescatar algunas curiosidades:
- Fue nuera de otra Primera Dama (Cipriana Lahitte de Sáenz Peña), ya que el padre de Roque, Luis Sánez Peña, había ejercido la Presidencia de la Nación entre 1892 y 1895.
- Fue suegra de un Premio Nobel. Su hija, Rosita, casó en 1910 con Carlos Saavedra Lamas (quien obtendría el galardón en 1936).
- Rosa González y Roque Sáenz Peña fueron los primeros y únicos en utilizar la Casa de Gobierno como residencia presidencial permanente. Allí brindaron magníficas fiestas y comidas cuyo esplendor ha sido registrado por las secciones de Sociedad, tanto de La Nación como de los demás periódicos de su tiempo. En la foto, vemos a doña Rosa en el jardín de invierno de la Casa Rosada. Antes de mudarse a la sede de Gobierno, la familia vivía en una confortable propiedad situada en Santa Fe y Coronel Díaz (Palermo).
- A pesar de las quejas de la custodia, la Primera Dama Rosa González tenía la extraña costumbre de rechazar los carruajes oficiales y viajar en tranvía.
- Enviudó durante la presidencia de su marido: Sáenz Peña murió el 9 de agosto de 1914.
- Años más tarde habitó uno de los 144 departamentos del Palacio de los Patos (Ugarteche y Cabello, en Palermo). Se le llamó así porque era el lugar adonde iban aquellos que habían perdido su fortuna y, por lo tanto, habían quedado “patos” (la forma de decir “secos, sin dinero”, en lunfardo). Este no fue su último domicilio.
- Rosa González murió en enero de 1948, en la avenida Santa Fe 1592 (apenas a una cuadra de distancia donde moriría Raúl Alfonsín). Para ese tiempo, al voto universal, secreto y obligatorio instaurado por su marido se le había incorporado el sufragio femenino.
BOUDOU NO FUE EL MAS JOVEN
A lo largo de nuestra historia hemos tenido 55 presidentes (sumando los constitucionales y los de facto), pero solo 35 vicepresidentes (incluidos los que participaron en gobiernos de facto). Sin dudas, Amado Boudou integra el grupo de los jóvenes, pero hay varios que asumieron con menos edad que él.
Por empezar, Bodou es el cuarto vice que inicia su mandato con 48 años de edad. Antes lo hicieron dos vicepresidentes de facto: Juan Domingo Perón (en la presidencia de Farrell) e Isaac Rojas (en la de Lonardi). El tercer vice que asumió con 48 años fue Carlos Humberto Perette, compañero de fórmula de Arturo Umberto Illia.
Hubo ocho vicepresidentes más jóvenes que Amado Boudou, Perón, Rojas y Perette. Con 47 años al momento de asumir, figuran Elpidio González (presidencia de Marcelo T. de Alvear) y Eduardo Duhalde (Menem, 1989). Mientras que Daniel Scioli contaba 46 años cuando se inició el mandato de Néstor Kirchner.
José Figueroa Alcorta (43 años) y María Estela Martínez de Perón (42) tienen la particularidad de haber llegado a la presidencia por muerte de sus compañeros de fórmula: Manuel Quintana y Juan Perón. El vicepresidente Enrique Martínez (41) padeció el infortunio del golpe de Estado que derrocó a Yrigoyen en 1930. Martínez ejercía la presidencia el día del golpe, ya que Yrigoyen había pedido licencia por motivos de salud. Carlos Pellegrini (40 recién cumplidos al iniciar su mandato como vice) reemplazó a Juárez Celman en la más alta magistrura cuando el cordobés renunció en 1890.
El más joven de los vicepresientes de nuestra historia fue Adolfo Alsina, quien actuó como vice de Sarmiento (no se llevaban bien) a los 39 años de edad.
Por empezar, Bodou es el cuarto vice que inicia su mandato con 48 años de edad. Antes lo hicieron dos vicepresidentes de facto: Juan Domingo Perón (en la presidencia de Farrell) e Isaac Rojas (en la de Lonardi). El tercer vice que asumió con 48 años fue Carlos Humberto Perette, compañero de fórmula de Arturo Umberto Illia.
Hubo ocho vicepresidentes más jóvenes que Amado Boudou, Perón, Rojas y Perette. Con 47 años al momento de asumir, figuran Elpidio González (presidencia de Marcelo T. de Alvear) y Eduardo Duhalde (Menem, 1989). Mientras que Daniel Scioli contaba 46 años cuando se inició el mandato de Néstor Kirchner.
José Figueroa Alcorta (43 años) y María Estela Martínez de Perón (42) tienen la particularidad de haber llegado a la presidencia por muerte de sus compañeros de fórmula: Manuel Quintana y Juan Perón. El vicepresidente Enrique Martínez (41) padeció el infortunio del golpe de Estado que derrocó a Yrigoyen en 1930. Martínez ejercía la presidencia el día del golpe, ya que Yrigoyen había pedido licencia por motivos de salud. Carlos Pellegrini (40 recién cumplidos al iniciar su mandato como vice) reemplazó a Juárez Celman en la más alta magistrura cuando el cordobés renunció en 1890.
El más joven de los vicepresientes de nuestra historia fue Adolfo Alsina, quien actuó como vice de Sarmiento (no se llevaban bien) a los 39 años de edad.
CURIOSIDADES DE JOSE HERNANDEZ
1. Nació el 10 de noviembre de 1834. Desde muy joven, la política lo sedujo: fue urquicista y luego jordanista, cuando se sumó al bando de López Jordán, enemigo de Urquiza. Ejerció el periodismo y se alistó en las filas del partido autonomista de Adolfo Alsina.
2. Era corpulento, medía un metro noventa. Tenía un vozarrón llamativo: le decían que su voz sonaba como el órgano de la Catedral. Por su voz grave lo apodaban “Matraca”.
3. Poseía una memoria asombrosa: en las reuniones acostumbraban leerle listas de números pensados por los invitados, y él los repetía luego, en perfecto orden o al revés. Asimismo, el propio Hernández leía la página de un libro seleccionada al azar, luego cerraba el libro y repetía el texto para regocijo de todos.
4. Casó en 1863 con Carolina González del Solar, en Paraná. Fueron padres de seis mujeres y un varón.
5. Obtuvo una banca de diputado y, más adelante, de senador. Sostuvo intensos debates con Sarmiento por la defensa del gaucho, a quien consideraba sometido al poder de los terratenientes y postergado de cualquier beneficio que recibiera el resto de la población.
6. Durante aquellos combates políticos sufrió el destierro en Brasil. Regresó en forma clandestina a Buenos Aires para visitar a su familia. Se alojó en el hotel Argentino, frente a Plaza de Mayo –donde ahora está el Banco Nación– y allí, en una habitación con vista a la Plaza, escribió gran parte de “El gaucho Martín Fierro”, que se publicaría en el verano de 1873.
7. La primera edición fue de un papel de baja calidad y parecía más un cuadernillo que un libro. El éxito fue notable, a pesar de que sus lectores pertenecían a la clase humilde y el poema no era visto como aceptable en los círculos literarios. Sólo en 1873 vendió 64.000 ejemplares.
8. El relato del Martín Fierro finalizaba cuando el gaucho se internaba en la pampa, junto a su compañero Cruz, huyendo de la justicia para unirse a los indios. Muchos entusiastas lectores le preguntaban a José Hernández si Martín Fierro volvería de aquel viaje. Por ese motivo, la segunda parte se llamó “La vuelta de Martín Fierro”, publicada en 1879.
9. Con el dinero que obtuvo con la venta de sus libros compró una quinta en el pueblo -hoy barrio- de Belgrano, que se extendía desde el bajo hasta Cabildo y Olleros.
10. Luego de enviudar, Hernández hacía colocar siempre a su derecha en la mesa, los platos, copas y cubiertos que correspondían a la finada Carolina.
11. Además de ser recordado por su obra literaria, es necesario acotar que José Hernández, siendo senador, le dio el nombre a la nueva capital para la provincia de Buenos Aires, en 1882, al proponer que la ciudad se llamara La Plata.
1. Nació el 10 de noviembre de 1834. Desde muy joven, la política lo sedujo: fue urquicista y luego jordanista, cuando se sumó al bando de López Jordán, enemigo de Urquiza. Ejerció el periodismo y se alistó en las filas del partido autonomista de Adolfo Alsina.
2. Era corpulento, medía un metro noventa. Tenía un vozarrón llamativo: le decían que su voz sonaba como el órgano de la Catedral. Por su voz grave lo apodaban “Matraca”.
3. Poseía una memoria asombrosa: en las reuniones acostumbraban leerle listas de números pensados por los invitados, y él los repetía luego, en perfecto orden o al revés. Asimismo, el propio Hernández leía la página de un libro seleccionada al azar, luego cerraba el libro y repetía el texto para regocijo de todos.
4. Casó en 1863 con Carolina González del Solar, en Paraná. Fueron padres de seis mujeres y un varón.
5. Obtuvo una banca de diputado y, más adelante, de senador. Sostuvo intensos debates con Sarmiento por la defensa del gaucho, a quien consideraba sometido al poder de los terratenientes y postergado de cualquier beneficio que recibiera el resto de la población.
6. Durante aquellos combates políticos sufrió el destierro en Brasil. Regresó en forma clandestina a Buenos Aires para visitar a su familia. Se alojó en el hotel Argentino, frente a Plaza de Mayo –donde ahora está el Banco Nación– y allí, en una habitación con vista a la Plaza, escribió gran parte de “El gaucho Martín Fierro”, que se publicaría en el verano de 1873.
7. La primera edición fue de un papel de baja calidad y parecía más un cuadernillo que un libro. El éxito fue notable, a pesar de que sus lectores pertenecían a la clase humilde y el poema no era visto como aceptable en los círculos literarios. Sólo en 1873 vendió 64.000 ejemplares.
8. El relato del Martín Fierro finalizaba cuando el gaucho se internaba en la pampa, junto a su compañero Cruz, huyendo de la justicia para unirse a los indios. Muchos entusiastas lectores le preguntaban a José Hernández si Martín Fierro volvería de aquel viaje. Por ese motivo, la segunda parte se llamó “La vuelta de Martín Fierro”, publicada en 1879.
9. Con el dinero que obtuvo con la venta de sus libros compró una quinta en el pueblo -hoy barrio- de Belgrano, que se extendía desde el bajo hasta Cabildo y Olleros.
10. Luego de enviudar, Hernández hacía colocar siempre a su derecha en la mesa, los platos, copas y cubiertos que correspondían a la finada Carolina.
11. Además de ser recordado por su obra literaria, es necesario acotar que José Hernández, siendo senador, le dio el nombre a la nueva capital para la provincia de Buenos Aires, en 1882, al proponer que la ciudad se llamara La Plata.
LA SANGRE GUARANI, DEL CHE, BELGRANO Y OTROS MAS
En la Historia Genealógica Argentina, de Narciso Binayán Carmona (editado por Emecé) se presenta el caso de Domingo Martínez de Irala, primer gobernador de Asunción, quien llegó con la expedición de Pedro de Mendoza.
De acuerdo con su testamento, Irala dejó nueve hijos: Diego, Antonio, Ginebra, Marina, Isabel, Úrsula, Martín, Ana y María.
Diego, Antonio y Ginebra nacieron de sus relaciones con su criada María, quien además era la hija del principal cacique guaraní.
Marina era hija concebida por Juana, otra de sus criadas.
Isabel nació de la unión de don Irala con otra de sus servidoras, llamada Águeda.
Úrsula, Martín y Ana tenían como madres a Leonor, Escolástica y Marina, quienes integraban también su harén personal.
La madre de María se llamaba Beatriz, pero no formaba parte de su staff. Era criada de Diego de Villapando.
Irala tuvo nueve hijos que le dieron por lo menos quince nietos. Su sangre fue esparciéndose de generación en generación.
A través de la hija Isabel, tuvo entre sus descendientes a Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan Antonio Álvarez de Arenales, José Evaristo Uriburu, José Félix Uriburu, Victoria Ocampo y Bernardo de Irigoyen.
De acuerdo con su testamento, Irala dejó nueve hijos: Diego, Antonio, Ginebra, Marina, Isabel, Úrsula, Martín, Ana y María.
Marina era hija concebida por Juana, otra de sus criadas.
Isabel nació de la unión de don Irala con otra de sus servidoras, llamada Águeda.
Úrsula, Martín y Ana tenían como madres a Leonor, Escolástica y Marina, quienes integraban también su harén personal.
La madre de María se llamaba Beatriz, pero no formaba parte de su staff. Era criada de Diego de Villapando.
Irala tuvo nueve hijos que le dieron por lo menos quince nietos. Su sangre fue esparciéndose de generación en generación.
A través de la hija Isabel, tuvo entre sus descendientes a Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan Antonio Álvarez de Arenales, José Evaristo Uriburu, José Félix Uriburu, Victoria Ocampo y Bernardo de Irigoyen.
De la rama de Úrsula surgirían Saturnina Otálora –segunda mujer de Cornelio Saavedra–, Carlos Saavedra Lamas, Remedios Escalada de San Martín, Manuel Quintana, Francisco Solano López, Joaquín Samuel de Anchorena, Adolfo Stroessner, Julio César Saguier, Adolfo Bioy Casares y el Che Guevara. Por nombrar a algunos, nada más.
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